Yo era bastante pequeña y me llevaron al pueblo de mi abuela para las fiestas. Había una carpa por la noche para cenar todo el pueblo junto y una banda tocaba música. Después de la cena, había sorteos. El tercer premio era 50 euros, el segundo 100, y el primero era un corderito (a mi abuelo le tocó el segundo premio). Yo quería gastarme parte de mi paga para participar, y por supuesto, quería el cordero. Mi familia no me dejó pagar pero me dió todos sus boletos para que comprobara si nos tocaba. Todos me decían “Andrea a ver si nos das suerte y mañana podemos hacer una buena comida” ¿Sabéis qué les dije?: “Si me toca , el ternero va a ser para mi, no lo vamos a matar, lo voy a soltar en el campo” Todos se rieron de mi pero yo (que era y soy muy tozuda) les dije que no le tocarían ni un pelo, y mucho menos lo íbamos a matar, yo lo quería libre. La historia hubiese sido bonita si mi boleto hubiese sido el ganador, pero no. Soltaron por la capa al cordero, yo le perseguía para jugar con él y de repente llegó el hombre al que le había tocado con otro señor (los dos vestidos con un mono). El cordero intentó huir y esconderse bajo la mesa, pero él, delante de mi, le agarró de la pata trasera y lo levantó con tanta fuerza que le rompió la pata. Se lo puso sobre los hombros y lo llevaron fuera. Yo quería llorar. Jamás se me olvidará esa escena. Fue horrible.

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